Tenemos una profesión polémica

Hoy os presentamos esta entrada a modo de reflexión. Esta misma mañana nos hemos encontrado con uno de esos típicos casos que se dan tan frecuentemente en nuestra profesión y que muestra, con claridad, que no todo es blanco o negro en la restauración. Todo ha venido a raíz del proceso de limpieza que estamos realizando en uno de nuestros proyectos y que hemos relacionado con un artículo que se publicó, hace escasos días, sobre la callada polémica en el Louvre por la restauración de un Leonardo. Finalmente, hemos concluido que, la nuestra, es una profesión polémica.

Años antes de tan siquiera plantearme estudiar restauración, oía constantemente críticas a una u otra intervención -he de decir que, sobretodo, en lo que a la arquitectura se refiere- y eso me causaba una inevitable curiosidad. ¿Cuál es el criterio correcto? ¿hasta dónde se puede llegar? ¿hay alguna intervención que sea aplaudida de forma unánime?. Si bien es cierto que la restauración no es una ciencia exacta, hay ciertos criterios que debemos seguir sea o no un original y tenga o no valor artístico o valor económico (remarco que esos términos son muy subjetivos, porque para alguien que haya estudiado arte, siempre tendrá un valor artístico). Estos criterios te los enseñan durante los estudios específicos de conservación y, supuestamente, un restaurador titulado los seguirá a rajatabla haya o no otras opciones, siempre adaptándolos a las circunstancias de la obra en cuestión.

El problema viene, muchas veces, con el propio criterio estético del restaurador, el propietario de la obra o, en el caso de los museos, el llamado gusto público. La restauración tiene, cada vez más, una tendencia muy acusada a la conservación. Esto es, un criterio de mínima intervención sobre la obra, respetando al máximo el original y las señales que el paso del tiempo ha dejado sobre ella. Aunque cueste de entender, restaurar no es “dejar como nuevo”. Ahí viene la polémica.

La restauración privada no tiene mucho que ver con la pública o, hablando con propiedad, las restauraciones que se llevan a cabo en los museos. En la primera, es un único restaurador (en la mayoría de los casos) el que decide qué intervenciones son necesarias para la restauración, pero siempre bajo la atenta mirada del propietario de la obra. En este campo, aunque al restaurador le encantaría ser fiel a sus criterios, hay cosas a las que el cliente jamás accederá. En la mayoría de los casos se quiere “como nuevo” aunque eso implique falsificar parte del original o eliminar capas superficiales que, desde el desconocimiento, se creen suciedad y no lo son (las llamadas pátinas). Pero cuando entramos en las restauraciones que se llevan a cabo en las grandes instituciones, la cosa cambia. Si para mover la obra dentro del propio museo, es necesario rellenar montones de papeles para saber su ubicación exacta, imaginad qué no tiene que hacerse para iniciar una intervención. Antes de nada, se reúne un comité de expertos que provienen de diferentes especialidades (y que tienen criterios, en ocasiones, completamente opuestos) para tomar la decisión de si llevar a cabo o no la restauración. Después de eso, se analiza la obra exhaustivamente hasta determinar el último indicio de deterioro y, finalmente, éste mismo comité, decide qué se hará, cómo se hará y con qué se hará. Eso implica un inevitable trabajo en equipo, aunque un único restaurador trabaje directamente sobre la obra, lo que significa que, cualquier cambio en el proceso ha de ser debatido y aprobado antes de continuar.

Cuando, un poco más arriba, hablaba del gusto público, me refería a esto: imaginad que trabajáis como vigilantes de sala en un museo y cada día veis la misma obra durante horas y horas. Un buen día se la llevan para restaurar y cuando vuelve a su lugar, tras unos meses, no observáis ninguna diferencia. ¿Verdad que pensaríais que no le han hecho nada?. Pues si esa obra es un Leonardo y la prensa se hace eco del trabajo realizado, es posible que eso influya en los criterios escogidos para la restauración. Supongo que cuando trabajas en una institución es muy difícil tener en cuenta sólo la obra. La opinión pública también es importante (aunque sólo deberían serlo las voces expertas) y, a veces, eso provoca que se hagan cosas completamente innecesarias.

Por experiencia propia, unas veces te encuentras que haciendo poco se nota mucho y otras que haciendo mucho no se nota casi nada. Eso no significa siempre que te hayas pasado o que no hayas hecho suficiente. Cada obra es un mundo y tiene sus propias necesidades y el hecho de que una restauración no se note, no quiere decir que no exista, sino, en muchas ocasiones, implica respeto y saber hacer por parte del propio profesional.

En las dos imágenes superiores hay enlazados sendos artículos sobre polémicas en el mundo de la restauración. Del primero os he hablado brevemente en esta entrada y el segundo -obra que todos reconoceréis- nos traslada al Museo del Prado en los años 90. Esperamos que sean de vuestro interés y que os ayuden a reflexionar sobre el mundo de la restauración de arte.

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2 thoughts on “Tenemos una profesión polémica

  1. Creo que con las restauraciones hay que tener mucho cuidado. A veces me siento un tanto contrariada respecto a éste tema después de haber visto las pifias que se han mandado ciertos restauradores a lo largo de la historia destrozando verdaderas obras de arte. ¿Es necesario? Sí. Pero, ¿cuándo? Pienso que cuando realmente sea necesario, cuando la conservación de la obra peligre por su mal estado. Mientras tanto, creo que hay cosas que son necesarias conservarlas tal y como están, o musealizarlas, protegerlas. De todas formas ésto solo es la opinión de un proyecto de historiadora del arte, quizá cuando acabe he cambiado de totalmente de parecer. Un saludo, y enhorabuena por la página, me gusta mucho.

    1. Hola Jennifer,

      en primer lugar agradecerte el comentario, nos gusta mucho recibir vuestras opiniones sobre los artículos que escribimos.

      El mundo de la restauración es muy complejo. Hay muchos factores que influyen a la hora de decidir qué hacer y qué no con una pieza, sobretodo en las instituciones como los museos. Lo que comentas sobre dejarlas tal y como están, es lo que viene en llamarse Conservación preventiva y, por suerte, es un criterio cada vez más extendido en nuestra profesión junto con el de mínima intervención. Se trata, ni más ni menos, que respetar lo que el paso del tiempo ha hecho con la pieza, estabilizarla sin reconstruir. Es lo ideal pero no siempre puede hacerse, porque en piezas que no están dentro de un museo (y algunas que les llegan también) los daños sufridos interrumpen la correcta lectura y eso hay que “corregirlo”. Con el tiempo, los avances científicos y la conciencia artística, el restaurador ha ido cambiando su forma de intervenir sobre las piezas. Varias cartas y tratados intentan guiarnos sobre la buena praxis (podríamos decir que son un poco nuestro código deontológico) pero en el sector privado (el nuestro particular la mayor parte del tiempo) es más difícil y, en ocasiones, hay que hacer una labor de concienciación a los propietarios que también es parte de nuestro trabajo. Por suerte, la gente que nos trae piezas, se deja aconsejar mucho por nosotras y eso es toda una ventaja! Sea como fuere, lo que ahora creemos correcto, puede que unos cuantos lustros se considere una barbaridad, como me pasa al ver algunas intervenciones antiguas que en su momento estaban más que bien.

      A pesar de todo, cada pieza es un mundo y hay algunas en las que la restauración es inevitable (como una que estamos interviniendo ahora mismo y que en breve podrás ver) pero siempre documentando todo el proceso al detalle, usando materiales reversibles y respetuosos con la naturaleza de la pieza y sobretodo, haciéndolo discernible (pero integrado) de una forma u otra.

      Muchas gracias por tu apoyo y te recordamos que también puedes seguirnos en Twitter y en Facebook. Mucho ánimo con la carrera, disfrútala mucho y si, cuando termines, decides seguir estudiando Restauración, no dudes en contactarnos con cualquier duda!

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